Por qué todos los festivales suenan igual, el algoritmo también llegó al directo


Hubo un tiempo en que ir a un festival era como abrir un mapa del tesoro: no sabías lo que te ibas a encontrar, pero sabías que algo te iba a volar la cabeza.
Hoy, en cambio, parece que todos los caminos llevan al mismo cartel. Cierras los ojos y podrías estar en Mad Cool, BBK, Primavera o en un festival inventado por Spotify: los mismos nombres, el mismo tipo de público, las mismas canciones coreadas al unísono a las nueve y cuarto de la noche.

No es paranoia. Es el algoritmo. Y ya no vive solo en tu feed: ahora también decide lo que escuchas en vivo.


La era del “cartel plantilla”

España se ha convertido en una máquina de festivales. Hay eventos en la costa, en la montaña, en pueblos diminutos y en ciudades que ya no saben dónde meter tanto escenario.
Y, sin embargo, si pones uno al lado del otro, cuesta distinguirlos. Cambia el logo, la localización y el precio de la cerveza, pero el “line-up” es sospechosamente parecido.

¿Por qué? Porque el negocio del directo se ha contagiado del mismo virus que el del streaming: la lógica de lo seguro.
Los organizadores miran qué artistas suben en reproducciones, quién arrasa en TikTok, quién tiene un tour que garantiza sold out… y montan su cartel alrededor de eso.
Los datos mandan, la intuición desaparece.


Del riesgo a la fórmula

Antes un festival era un espacio de descubrimiento. Te podías cruzar con un grupo islandés que te cambiaba el verano o con una banda que nadie conocía y salías con el nombre tatuado en la memoria.
Ahora el margen de riesgo es mínimo.
Hay que vender entradas, justificar presupuestos, contentar a sponsors y asegurar visibilidad en redes.
Y para eso nada funciona mejor que repetir lo que ya funcionó.

Los artistas emergentes quedan relegados a escenarios secundarios con horarios imposibles, mientras los grandes nombres copan los horarios de prime time.
El resultado: un déjà vu sonoro que se repite cada fin de semana.


El público también tiene su parte de culpa

Sí, los algoritmos influyen, pero el público también ha cambiado.
Descubrimos música a través de playlists automatizadas, escuchamos lo que nos recomienda la app y acabamos pidiendo lo mismo en el directo.
Los festivales responden a esa demanda de confort sonoro. Nadie quiere ser el raro que mete un grupo experimental a las 22:00 si sabe que el público quiere cantar el estribillo de siempre.

Pero esa comodidad tiene un precio: la sorpresa.
Y cuando los festivales pierden la sorpresa, pierden el alma.


No todo está perdido (todavía)

Hay quien se resiste. Festivales medianos o locales que siguen apostando por la diversidad, por artistas que no están en el radar, por sonidos que no encajan en el molde.
Ahí todavía ocurre la magia: el descubrimiento, el boca a boca, el “¿quién demonios son estos y por qué no los conocía?”.

El problema es que esa valentía rara vez tiene el eco mediático de los gigantes patrocinados por bebidas energéticas y marcas de móviles.
Y así, lo alternativo se convierte en un susurro mientras lo mainstream ruge por todos los altavoces.


Volver a lo impredecible

Quizá ha llegado el momento de que los festivales recuerden para qué existen: para juntar gente, música y riesgo.
No para replicar una playlist.
No para servir como escaparate de algoritmos que ya nos siguen todo el año.

Un festival debería ser un lugar donde descubras algo nuevo, no donde escuches en directo lo mismo que suena en tu Spotify Wrapped.
Un lugar donde te pierdas, no donde todo esté perfectamente calculado para gustarte.


Aquí tienes playlist de diferentes festivales , o es el mismo ?