Biescas transforma uno de los recuerdos más dolorosos de la historia reciente de España en una extraordinaria pieza instrumental. El músico regresa al lugar donde estuvo a punto de perder la vida para hacer algo diferente: recordar a quienes no pudieron salir de allí.
Hay recuerdos que desaparecen con los años. Otros simplemente aprenden a vivir contigo.
Ander Zubillaga tenía seis años cuando el 7 de agosto de 1996 estaba de vacaciones junto a su familia en el camping Las Nieves de Biescas.
Era un día cualquiera de verano. Piscina. Juegos. Ping-pong. Vacaciones familiares.
Después comenzó a llover.
Y todo cambió.
Treinta años después, aquel niño es músico profesional y ha decidido regresar al lugar que marcó su vida para hacer algo que quizá ninguna entrevista podría conseguir: contar aquel día sin pronunciar una sola palabra.
Su nueva composición se llama, sencillamente, Biescas.
Y probablemente sea la canción más importante que haya escrito nunca.
Del verano al silencio
La riada de Biescas permanece grabada en la memoria colectiva española.
Una tormenta extraordinariamente intensa provocó la crecida del barranco de Arás y una enorme masa de agua, barro y materiales descendió sobre el camping Las Nieves. Murieron 87 personas, entre ellas 27 niños. Cientos resultaron heridas.
Zubillaga estaba allí.
Y recuerda lo sucedido con una precisión sorprendente para alguien que entonces tenía solo seis años.
“Recuerdo absolutamente todo, como si fuera ayer”, ha explicado el músico.
Su historia personal contiene además uno de esos episodios difíciles de olvidar.
Cuando llegó la riada, su familia se encontraba en la zona de baños. Su padre consiguió romper el falso techo y poner a Ander a salvo sobre una viga de hormigón.
Sobrevivieron.
Muchos de quienes estaban a pocos metros no lo hicieron.
¿Cómo se convierte un recuerdo así en música?
Ahí comienza realmente la historia de Biescas.
La idea apareció de forma inesperada hace aproximadamente año y medio. Zubillaga estaba tocando la guitarra en casa de sus padres cuando comprendió que quizá había llegado el momento de enfrentarse musicalmente a aquel recuerdo.
Pero tomó una decisión fundamental.
No escribiría una letra.
Porque quizá no existían palabras capaces de explicarlo.
Zubillaga recurrió a su lenguaje natural: el fingerstyle, una técnica que permite al guitarrista asumir simultáneamente melodía, armonía, bajo y elementos percusivos.
Y convirtió la guitarra en narradora.
Biescas está construida como una película sin imágenes
Escuchar la pieza conociendo su historia cambia completamente la experiencia.
El comienzo es deliberadamente íntimo.
Una guitarra prácticamente desnuda representa aquella mañana de verano: la normalidad, los juegos, la sensación de que nada malo puede suceder.
Después algo cambia.
Las armonías se oscurecen.
Aparece la tensión.
La música empieza a acumular capas como las nubes que aquella tarde fueron cubriendo el cielo del Pirineo.
Y entonces llega la tormenta.
Las cuerdas de Xabier Zeberio amplían el espacio emocional mientras la percusión orquestal de Igor Arostegui introduce una sensación casi física de peligro.
Hasta que aparecen las voces del coro Hodeiertz.
Ya no estamos escuchando únicamente la memoria de un niño.
Estamos escuchando una memoria colectiva.
Y después del caos, nada
Probablemente el momento más poderoso de Biescas sea precisamente cuando deja de sonar.
La composición crece hasta alcanzar un clímax en el que percusión, guitarra, cuerdas y voces parecen desbordarse.
Y después llega el silencio.
Zubillaga recuerda precisamente eso de aquella noche.
El silencio posterior.
“Después de todo el caos se queda el silencio”, ha explicado sobre la estructura de la composición.
Ese vacío funciona como el último instrumento de la canción.
No hay necesidad de explicar nada más.
El videoclip obligó a Ander Zubillaga a regresar
Si componer la canción significaba enfrentarse al recuerdo, grabar el videoclip supuso algo todavía más difícil.
Zubillaga regresó al lugar del antiguo camping Las Nieves.
El equipo rodó precisamente en la zona donde estaba aquel edificio de baños que sirvió de refugio a su familia treinta años atrás.
La decisión transforma el vídeo en algo que supera ampliamente el concepto habitual de videoclip.
El músico no interpreta Biescas en un escenario construido para la ocasión.
La interpreta sobre su propia memoria.
¿Quién es Ander Zubillaga?
La historia detrás de Biescas puede eclipsar fácilmente al músico, pero merece la pena detenerse también en él.
Nacido en Tolosa en 1990, Zubillaga comenzó estudiando acordeón con ocho años y posteriormente encontró en la guitarra su instrumento definitivo. Lleva más de catorce años dedicado profesionalmente a la música y ha formado parte o colaborado con numerosos proyectos de la escena vasca, entre ellos Xabi Solano, Izaro, Huntza, Iker Lauroba y Mikel Moreno.
Su carrera en solitario se ha construido alrededor del fingerstyle, mezclándolo con elementos procedentes del blues, country y rock.
En 2023 publicó Itsasoan Elurra y en marzo de 2025 llegó Ander Zubillaga Live, nacido de una actuación en Donostia en la que abrió para El Twanguero. Poco después llegó otro momento importante: tocar junto a Tommy Emmanuel, una de las grandes referencias mundiales del fingerstyle, durante su Guitar Camp de Roma.
Todo ese recorrido técnico desemboca ahora en algo mucho más sencillo de explicar.
Una guitarra utilizada para contar una historia.
Cuando la técnica deja de importar
Y quizá ahí esté la verdadera grandeza de Biescas.
Podríamos hablar del fingerstyle de Zubillaga, de sus cambios dinámicos, de la construcción cinematográfica de la pieza o de cómo utiliza la percusión y las voces para expandir las posibilidades narrativas de una guitarra.
Pero después de escucharla, todo eso parece secundario.
Porque aquí la técnica está al servicio de la memoria.
Zubillaga no parece querer demostrar cuánto puede hacer con seis cuerdas. Quiere explicar algo que lleva treinta años dentro.
Y eso cambia completamente la dimensión de la composición.
7 de agosto de 2026, treinta años después
Mañana se cumplen exactamente 30 años de la tragedia de Biescas.
Tres décadas después, aquel camping ya no existe, pero la memoria permanece en quienes sobrevivieron, en las familias de quienes murieron y en una sociedad que todavía recuerda las imágenes de aquella noche.
La historia posterior demostró además que no se trató simplemente de una catástrofe inevitable. Años después, la Audiencia Nacional concluyó que la tragedia había sido previsible y evitable, estableciendo responsabilidades de las administraciones implicadas.
Por eso recordar importa.
Y por eso Biescas adquiere ahora un significado diferente.
No pretende reconstruir el horror ni utilizarlo como espectáculo.
Pretende conservar la memoria.
El propio Zubillaga lo resume mucho mejor: quería hacerlo desde el respeto y conseguir que a quienes vivieron aquello les quedara “algo bonito”.
Puede que esa sea la frase que mejor explique esta canción.
Porque treinta años después, un niño que sobrevivió a Biescas ha encontrado finalmente la manera de regresar allí.
Esta vez únicamente lleva una guitarra.


